Un año nuevo para entrar a vivir y estrenando sus muebles y paredes. Tan nuevo y tan limpio como un vestido recién comprado o un juguete que acaban de dejar los Reyes o un perfume que todavía no se ha abierto o un manjar que se ha sacado ahora mismo del horno o una risa que aguarda en el pecho para salir cuando acabe el relato de un chiste.

Recordemos aquí que Gabriel García Márquez decía así en el primer párrafo de su maravillosa novela Cien años de soledad:El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Algo semejante puede decirse del mundo de este lustroso 2019, en el que tal vez no habrá que señalar todas las cosas con el dedo, porque cada asunto y cada objeto tienen nombres que conocemos, pero en el que sí habrá que acariciar todas las cosas como si fuera la primera vez que se tocan y habrá que llamar a todas las cosas como si estuviéramos inventando las palabras que las nombran.

Enero de renovación y comienzo.

Enero que no mira a su espalda, porque el año que se fue ya no volverá nunca.

Enero de ir cumpliendo esos bellos propósitos que cada cual se hace, o al menos de intentarlo: dejar de fumar, caminar todos los días, hacer deporte, manejar siempre el diálogo para solucionar conflictos, ordenar los papeles, leer más libros, calibrar los gastos, dormir más horas.

¿Quién de nosotros no se ha hecho una lista larga o breve de buenas intenciones?

¿Quién no ha pensado que debe empezar una nueva vida?

Renovarse o morir. O lo que viene a ser lo mismo: dar por acabado lo que suponía un lastre en nuestro globo viajero, concluir lo que se quedó a medias o sin hacer.

En esta nueva página blanca sobre la que escribir el presente y apuntar algunas notas para el futuro, sería recomendable anotar un milagro de la naturaleza, al margen si se quiere, en una esquina del cuaderno sin que parezca osadía, en la con la letra muy pequeña o muy grande, nunca a medias tintas, anótese: el agua purifica.

Algo tan simple como sorprendente en su compleja sencillez. Escríbase porque lo que se escribe queda. Y porque el agua se lleva los residuos, el agua calma la sed de la inquietud, el agua desriza la maraña de las ideas, el agua limpia las sombras del espíritu y el agua colma el vaso de nuestra experiencia.

Por eso el Hammam y sus aguas nos esperan con los brazos abiertos, ofreciendo su cobijo y su sapiencia. No esperan si deseamos renovar nuestros sueños y sobre todo para que no los olvidemos; para lavar aquello que nos ha ido manchando por dentro y así estrenemos pensamientos y acciones tan puras y frescas que de pronto nos harán descubrir que cada año la vida merece mucho más la alegría de ser vivida.