El premio Nobel Vicente Aleixandre dedicó unos versos a su ciudad, Málaga. Ahora, el poema, titulado ‘Ciudad del paraíso’ será protagonista de sus calles. Ya que quedará grabado sobre una fachada de madera en el muro de la Travesía del Pintor Nogales. Este se encuentra entre el Palacio de la Aduana y la Alcazaba.

La ciudad del paraíso de Vicente Aleixandre

El poeta de la Generación del 27 nació en Sevilla. No obstante pasó toda su infancia y parte de su juventud en Málaga. Y acabó luego sus días en Madrid. Aunque había estudiado derecho y había ejercido su profesión durante algunos años, siempre se sintió atraído por e universos de las letras. Durante la recuperación de una grave enfermedad. comienza a escribir poesía. Consagrándose como uno de los componentes fundamentales de esta corriente literaria, como Federico García Lorca o Luis Cernuda, de los que fue gran amigo.

La ciudad del paraíso de Vicente Aleixandre

Durante varios años fue miembro de la Real Academia Española. En su obra predomina la metáfora y se distinguen tres etapas: la primera de poesía pura, la de poesía surrealista y la última de poesía antropocéntrica. En 1977 recibe el Premio Nobel, quedando así reconocida de forma universal su obra, toda la Generación del 27. Hoy recordamos estos bellos e inmortales versos, que guardan la esencia de Málaga, la bella.  

La ciudad del paraíso

A mi ciudad de Málaga

 

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.

Colgada del imponente monte, apenas detenida

en tu vertical caída a las ondas azules,

pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,

intermedia en los aires, como si una mano dichosa

te hubiera retenido, un momento de gloria,

antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

 

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira

o brama, por ti, ciudad de mis días alegres,

ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,

angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

 

Calles apenas, leves, musicales. Jardines

donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.

Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,

merecen el brillo de la brisa y suspenden

por un instante labios celestiales que cruzan

con destino a las islas remotísimas, mágicas,

que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

 

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.

Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,

y donde las rutilantes paredes besan siempre

a quienes siempre cruzan, hervidores en brillos.

 

Allí fui conducido por una mano materna.

Acaso de una reja florida una guitarra triste

cantaba la súbita canción suspendida en el tiempo;

quieta la noche, más quieto el amante,

bajo la luna eterna que instantánea transcurre.

 

Un soplo de eternidad pudo destruirte,

ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un Dios emergiste.

Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,

eternamente fúlgidos como un soplo divino.

 

Jardines, flores. Mar alentando como un brazo que anhela

a la ciudad voladora entre monte y abismo,

blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso

que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

 

Por aquella mano materna fui llevado ligero

por tus calles inerávidas. Pie desnudo en el día.

Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.

Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.

Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

 

Vicente Aleixandre