Impregnada en aceites de ámbar rojo,
de jazmín, de caléndula, lavanda y eucalipto,
qué fácil es ahora deslizarme
por entre los barrotes de mi mundo de límites,
escapar hacia mi identidad auténtica.
Tu boca me sabe a té con miel.


Subo y bajo escaleras de cristal y, descalza,
recorro pasadizos
que cruzan de una punta a otra punta
lo que hasta ahora he creído que es mi realidad.
Ungida con aceites esenciales de rosas y de sándalo
me detengo a aspirar el olor de las flores del agua
y, misteriosamente, el aroma es el mismo
que desprende tu pecho cuando lo beso.
Quizá porque tu forma de expansión es a través de lo subterráneo,
del fuego escondido de volcán,
de minas profundas de donde extraer la fuerza,
huyes de lo oceánico.
(“¿Sabes que los tiburones tienen 3.000 dientes?”)
(“¿Sabes que
el récord en aguantar la respiración bajo el agua
está en 22 minutos?”).
Porque tu forma de mirar es dura como el diamante,
lo mismo que contar un secreto a cualquiera por pura estupidez
me haría sentir pequeña y desvalida,
no te he dicho
cómo para llegar a mi verdad hay puentes
que nunca deberías elegir.
Porque soy un ejército formado de un solo hombre cuando amo,
nunca sabrás
de mi fragilidad congénita de nube.
Mi amor gigante, resplandeciente y bello como Orión,
porque en el fondo temes no hacer pie
no has llegado a mi alma todavía.
Desde la orilla del Hammam te sueño.

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