Schehrazada, la relatora de las historias más famosas de todo oriente, Las mil y una noches. Prosiguió cuando cayó la noche 885 con el relato del macho cabrío. Esposo de la tercera y más joven princesa. Que desapareció por completo al faltar esta a su promesa de guardar su identidad humana. La mujer quedó desolada y triste. Y todo aquel que intentaba animarla recibía una respuesta por su parte. “Es inútil; soy la más infortunada entre las criaturas, y moriré de pena indudablemente”.

El amor entre la hija del rey y el macho cabrío (II parte)

Se creía la muchacha más desgraciada del mundo. Quiso la hermosa joven conocer las historias de todas mujeres que no eran felices en el lugar. Así que mandó a construir el más impresionante hammam de todo el reino de la India. Sin reparar en gastos. E hizo que los pregoneros públicos anunciaran por todo el imperio que la entrada a tan majestuoso lugar sería gratuita para todas las mujeres que querían bañarse allí. Con una única condición, que le contaran la mayor tristeza o desdicha que hubiesen experimentado en la vida. Quienes no tuvieran dolores no podrían bañarse en el hammam.

El hammam de las desdichas
De modo que, todo tipo de mujeres abandonadas a su suerte. Y de todos los tamaños y colores, viudas y divorciadas, contaron durante un año historias de la más amarga naturaleza. Sin embargo, de los millares que había presenciado, ninguna le parecía a la princesa que pudiese compararse a la suya y cada vez se sumía más en la tristeza. Hasta que un buen día, llegó una anciana temblorosa, que debía encontrarse ya en la antesala de la muerte y que usaba un bastón para andar. Como era muy vieja y había vivido muchas desdichas, le dijo a la joven que le contaría la última, que era también su mayor desgracia.

La historia de la mansión subterránea

El amor entre la hija del rey y el macho cabrío (II parte)
La anciana le relató que un buen día decidió lavar en un lago su blusa azul, la única que tenía, cuando una mula sin mulero, cargada de agua, hizo su aparición en el camino. La señora, preocupada de que apareciera su dueño, se apresuró a ponerse la camisa, pero al ver que no venía nadie, decidió seguir al animal. Cuando llegó al destino del équido, descubrió que daba tres patadas al suelo y al tercer golpe se entreabría el suelo y la mula entraba a un camino subterráneo. La anciana, no pudo evitar seguirla.

Allí encontró la mujer todo tipo de comidas suculentas, pero cuando hizo el amago de probarlas y aunque no hubiese camarero visible, una voz le gritó “¡Eh! ¡eh! ¡que esto es para nuestra señora! ¡No lo toques, o morirás!”; Lo mismo pasó cuando intentó coger los pasteles de la segunda sala. De repente, llegó a una sala con un gran estanque de agua viva, donde había 40 tronos, uno de ellos más grande y espléndido que los demás.

El lamento del macho cabrío
Al poco escuchó las pisadas de unas pezuñas y se apresuró a esconderse bajo un diván para observar sin ser vista. Había 40 machos cabríos, que se despojaron de su piel hasta hacerse muchachos. Uno de ellos, el más hermoso y jefe de todos, tomó posesión del asiento más grande y, junto a los otros, comenzó a llorar, pero más intensamente que los demás y también a suspirar mientras decían “¡Oh señora nuestra! ¡oh señora nuestra! ¿Cuándo vas a venir? ¡Yo no puedo salir! ¡Oh soberana mía! ¿cuándo vas a venir, ya que yo no puedo salir?”.

La princesa supo inmediatamente que se trataba de su amado. Y quiso por fin encontrarse con él. Para ello convenció a la anciana. Y la llevó al lugar exacto donde había presenciado la mayor tragedia de su vida. Que iba a ser también, la mayor alegría de la joven.

La espera que hizo que este cuento tuviera un final feliz

El amor entre la hija del rey y el macho cabrío (II parte)
Llegado el gran día en el que la princesa seguía a la anciana para buscar a su amado, se encaminaron las dos mujeres hacia el mismo lugar. Allí apareció la misma burra sin dueño cargada de agua, que se aproximó al mismo punto y dio tres toques en el suelo para descubrir un túnel subterráneo. Enseguida empezaron a surgir voces de todas partes, dando la bienvenida a la muchacha, mientras en su camino aparecían tortas, pasteles y manjares de todos los colores y sabores. ¡Había comenzado una fiesta porque por fin su señora había encontrado el escondite de su amado! Cuando el pasillo acabó, la joven llegó por fin a la esperada sala decorada con tronos.

El corazón de la princesa latió más fuerte cuando se escucharon unos pasos. Y el joven apareció ante sus ojos, hermoso como un diamante. Ambos esposos disfrutaron de las delicias y placeres que les ofrecía la que había sido la guarida del muchacho. Sabiendo en lo más profundo de su alma que al fin había llegado el momento de estar juntos. Sin ningún impedimento ni preocupación. Y tras una temporada de recuperar el tiempo perdido, decidieron regresar al palacio del sultán. Y reencontrarse con el resto de su familia. Allí todos los recibieron con entusiasmo.

Y llegados a este punto del relato, Schehrazada se calló discretamente al dar comienzo el alba de un nuevo día.