Me gusta contar historias. Es mi trabajo. No creo que sea mejor que construir muebles de madera, hornear  pan o conducir un autobús, pero tampoco es peor. A veces para contar bien una historia hay que meterse en el barro, estar demasiado tiempo lejos de casa, caminar algún tiempo por la cuerda floja, hablar poco, equivocarse mucho, volver a empezar de cero, pasar noches en blanco. No supe que quería ser escritora hasta que lo fui y, desde entonces ya no pensé en  ser otra cosa.

La tregua, por Susana Fortes

El momento de  terminar una novela es un  momento especialmente delicado.  Durante muchos meses le has consagrado tu tiempo, tus pensamientos, tu trabajo, tus sueños. Y de repente, se acabó. Te sientes  de alguna manera como si salieras de una ruptura sentimental  y regresaras  de un viaje muy largo con jet lag.  Yo me entiendo.

Durante los  meses que siguen a la publicación, tendrás que hablar de la novela en librerías, en presentaciones, en las  páginas de los suplementos culturales. Así  funcionan las cosas en este oficio. Es bueno que el libro suelte amarras y empiece a vivir su propia vida, para eso lo has escrito. No es que  eches de menos los momentos de intimidad, pero te sientes un poco vulnerable, cansada.  Nadie sale indemne  de la carrera contrarreloj que es la promoción de un libro,  de las entrevistas desde primera hora de la mañana, de la exposición pública, de las salas de embarque de los aeropuertos, de las noches de hotel. Sobre todo si al mismo tiempo hay que lidiar  con otros pequeños desastres cotidianos como la lavadora que se ha estropeado,  las facturas pendientes,  los telediarios y cosas así…  Supongo que en alguna medida nos pasa a todos en cualquier trabajo.

Quiero decir que hay momentos en los que quien más y quien menos necesita  una tregua.  Y cuando eso ocurre es bueno tener un refugio donde conectar con lo esencial. Con la vida que es eso que sucede mientras nosotros estamos muy ocupados haciendo otras cosas, como decía John Lennon.

Un Hamman es una parcela extraordinaria de la realidad donde todavía es posible encontrar un remanso de quietud. Lejos del ruido y la furia.

Me gusta sentir la sangre fluyendo despacio en el cuerpo después de un masaje, el peso leve de pequeñas piedras calientes lavadas con agua salada sobre mi espalda, la elasticidad del pelo envuelto en el tacto cálido de un turbante mojado, los músculos distendidos, las vértebras cervicales separadas, cada una en su sitio. Me tranquiliza distinguir el sonido lento del agua, goteando plata,  un sonido que parece estar ya en mis oídos  antes de llegar a percibirlo, la penumbra aromática de las velas  recuerda las huertas de olivos bajo la lluvia. Todo ocurre a un ritmo muy lento para que ninguna sensación pase de largo. Cuanto más intensa es la concentración sensorial, más lejos vaga el cuerpo, porque lo más profundo que tenemos es la piel, como todo el mundo sabe. El  universo detenido envuelto en un silencio respetuoso. Nada más.

Ya ven, no hace falta viajar a Tailandia para sentirse conectado a la vida, ni tener un yate de gama alta, ni vivir en una mansión hipotecada, basta simplemente con tomarse un respiro una tarde en medio de la semana y entrar en un hamman. En el fondo la felicidad es un lujo filosófico que está al alcance de cualquiera. Lo sabían los pensadores griegos, los juristas romanos, los astrónomos persas, los poetas árabes… Cuando sales al exterior, sientes el cuerpo  más ligero, la mente está libre de adherencias y de inseguridades, ajena a cualquier impostura. Caminas sobre tus propios pasos.